Corrector de textos: un oficio agradecido (sin corregir)

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En el año 2006, la Fundación Litterae propuso el 27 de octubre como el Día Internacional del Corrector de Textos, en coincidencia con el natalicio de Erasmo de Rotterdam, reconocido por esta tarea y otras cosas más. Se celebra en México, España y Argentina. En otros países quizá difiera la fecha, pero los correctores existen.

Meses antes (exactamente el 10 de enero de 2006), la que suscribe comenzaba a trabajar en ese puesto por recomendación del psicólogo. Sí, cada vez que recuerdo lo feliz que soy corrigiendo textos periodísticos murmuro por dentro un “gracias, Carlino querido”.

Es que la corrección de textos es un oficio muy agradecido, sobre todo para quien la lectura es una forma de vida, un posicionamiento ante la vida. Tal vez lo que se agradece es el movimiento constante, el desafío permanente de poner en duda certezas propias y ajenas, y todo eso a partir de un texto, un discurso escrito.

¿Y cómo puede alguien tener tan alto concepto y tanto respeto por una tarea tan simple como es leer un texto y ver si hay algo que retocar o no? Bueno, en principio, por humildad. Si leer no es su forma de vida, usted se conformará con suponer que el trabajo consiste tan sólo en revisar un escrito. Jamás imaginará que detrás de eso hay demasiada dedicación a la curiosidad. Eso es fundamental: una persona que corrija textos (cualquiera sea el tipo de texto) no puede no ser apasionada, curiosa, y sobre todo, respetuosa. Frente a tanta información, tanto conocimiento enfrente, tanta búsqueda, un corrector de textos no puede menos que estar agradecido de tenerlo al alcance, de tener esa posibilidad de leer.

Prejuicios hacia el corrector de texto

Es un oficio, por lo menos en Corrientes lo es. Ya que no figura un plan de estudios que otorgue un certificado en la universidad, que profesionalice a nivel institucional la tarea de corrector de textos. Eso dice mucho de nosotros como sociedad.

Dadas las características de la política educativa del país, seguramente las autoridades ministeriales (o a quien le toque) elaborarían un plan de estudios espantoso que terminaría formando una especie de “policías del lenguaje”. En todo caso, este es el primer prejuicio hacia el corrector de textos: corrige ortografía y “arregla lo que está mal”. Sencillamente, una burrada atómica. Además de ser también el primer prejuicio con el que se sienta a intervenir en un texto alguien que llega a trabajar en el puesto.

Al margen, y aunque parezca muy traído de los pelos, por más que figure como categoría laboral, el oficio no es considerado “de importancia”. Mucha gente pretende que se le haga la gauchada, ya que desconoce el tiempo y el esfuerzo físico y mental que demanda corregir un texto, cualquiera sea su extensión, temática y complejidad. También desconoce la autoformación que el corrector de textos se proporciona. Así, nos encontramos con un puesto laboral mal remunerado que además descarga en quien lo hace una serie de desequilibrios en la salud, desequilibrios que nadie imagina.

El corrector

Por cuestión de espacio, a continuación voy a poner un extracto de lo que es parte de un capítulo que habla sobre la tarea del corrector de texto. Si tiene curiosidad sobre el origen de este fragmento, espero que la resuelva dentro de unos meses (y eso es todo lo que voy a decir, además de aclarar que el fragmento no es textual):

Un corrector de textos debe ser humilde. Puede llegar cargado de un bagaje amplísimo en todo (tanto mejor), con ocho títulos de archidoctor en discurso y magister en todas las ciencias de la Vía Láctea sobre la comunicación, idiomas y literatura (eso puede servir). Pero debe tener presente que se puede equivocar, sólo que debe evitarlo lo más que pueda. Debe tener presente que puede no saber algo, pero que lo va a averiguar lo más pronto posible para aclarar y sentar posición al respecto. Debe tener presente, también, que trabaja en el contexto interno y externo del texto, por lo tanto, no hay recetas de academia, ni cambios arbitrarios válidos basados en “así me enseñaron cuando nací”, “no me gusta cómo suena, por eso lo cambio”, “yo lo escribiría de otra manera”, etcétera.

Nadie “habla mal”. Todo hablante sigue su historia lingüística. En todo caso, la tarea del corrector es sobre el texto escrito: limpiarlo de cualquier obstrucción que pudiera volver más compleja la comunicación. Nada más. Y para que la tarea resulte efectiva no se puede permitir el estancamiento de repetir fórmulas para todos los textos por igual. Sí, hay parámetros, los parámetros sirven, guían, pero tampoco son una ley divina. Y si lo fueran, afortunadamente somos seres humanos capaces de cuestionarlas y hasta de modificarlas.

No somos escritores

Los escritores escriben; los redactores escriben; los correctores corregimos y editamos. Pero no escribimos. No es nuestra función. Aunque más de uno siempre haya tenido que “salvar las papas” actuando como “corrector negro”, rehaciendo de cabo a rabo un texto.

La corrección tiene que ver con la belleza. Pero este no es el espacio para discurrir sobre el concepto de belleza, simplemente lo coloco aquí aunque quede poco o nada claro.

Y es aquí donde nuevamente tiene que aflorar la humildad: cuando el corrector intervino en el texto no debe notarse (generalmente sucede). Y tampoco espere agradecimiento. Ahora, debe estar preparado, porque además de ser un oficio agradecido es un oficio ingrato: si pasó, si corrigió, si “salvó las papas” nadie lo nota; pero si se equivocó, todos saben su nombre completo y edad, dónde vive, su DNI y estado civil. Por supuesto, recuerdan a su madre y no con cariño. Y le aseguro, vendrá Juan Pérez a decirle cómo usted debe hacer su trabajo. Entonces recuerde: escuche atentamente. Anote si lo cree necesario. No desespere, no se angustie. Tome la crítica si la falla existió y alguien que lo respeta se lo advierte. Pero a Juan Pérez, ni cabida.

Calma. Nadie nace sabiendo, salvo los soberbios, que además, no saben tanto como aseguran. Aun en esos momentos, el corrector de textos está aprendiendo, adquiere un nuevo conocimiento, obtiene nueva información, practica su humanidad y agudiza su observación, porque la propia crítica es más severa que los retos del jefe. ¡Cómo no agradecer, incluso, después de sonrojarse por mandarse un cagadón!